En un nuevo ejercicio de voluntarismo macroeconómico, el presidente Javier Milei y su ministro de Economía, Luis Caputo, han presentado las proyecciones del Presupuesto augurando un año de notable recuperación y estabilidad financiera. Bajo el lema del déficit cero como dogma inamovible, la administración libertaria promete un escenario idílico: un crecimiento sostenido del PBI, una desaceleración inflacionaria drástica y un superávit fiscal blindado. Sin embargo, detrás del triunfalismo del relato oficial, una mirada crítica a la letra chica revela una brecha cada vez más profunda entre las planillas de Excel del Palacio de Hacienda y la economía real que golpea a las familias y pymes argentinas.
El principal problema de la hoja de ruta trazada por el Gobierno es su marcada desconexión con la dinámica productiva diaria. Mientras que la gestión proyecta tasas de expansión económica optimistas y números de inflación a la baja, los indicadores de la economía real cuentan una historia completamente distinta: la industria manufacturera y la construcción acumulan severas caídas, el consumo interno no da señales claras de reactivación y el empleo formal registrado muestra un desgaste constante. Prometer un "gran año" sobre la base de un mercado interno reprimido y salarios desgastados parece más una expresión de deseos o una consigna de propaganda que un plan económico sustentable.
Asimismo, el mecanismo elegido para garantizar las metas fiscales continúa apoyándose en un ajuste regresivo e insostenible en el tiempo. El congelamiento de partidas para la educación, la ciencia, la salud pública y el recorte sistemático a las provincias sugieren que el “éxito” que celebra el oficialismo se financia a costa del deterioro directo de las prestaciones esenciales del Estado. Del mismo modo, el esquema no resuelve las tensiones de fondo en el frente externo ni la acumulación de reservas reales, dejando a la economía sumamente expuesta a shocks cambiarios y vulnerabilidades financieras.
Apostar la gobernabilidad a un presupuesto dibujado con metas irrealizables no es una estrategia nueva en la Argentina, pero resulta especialmente riesgosa para una gestión que prometió romper con las recetas del pasado. Sin un plan que contemple la reactivación del tejido productivo, el poder adquisitivo de la población y el consenso legislativo, las promesas de Milei y Caputo corren el riesgo de convertirse en un mero dibujo contable. Un "gran año" no se decreta mediante una planilla oficial, se construye cuando los números cierran con la gente adentro.

