“La inflación baja... pero para arriba”: el insólito malabarismo teórico de Milei y Caputo

“La inflación baja... pero para arriba”: el insólito malabarismo teórico de Milei y Caputo

En las academias de economía del mundo existe un consenso elemental: cuando los precios de los servicios públicos, los combustibles, las prepagas y los alimentos de primera necesidad aumentan a un ritmo de dos dígitos mensuales, la inflación sube. Es una ley matemática y contable tan básica como que dos más dos es cuatro. Sin embargo, en la Argentina del “sincericidio” macroeconómico, el presidente Javier Milei y su ministro de Economía, Luis Caputo, han logrado redactar un nuevo dogma: la inflación no sube, baja; solo que lo hace con trayectos ascendentes.

La narrativa oficialista roza la metafísica. Según el discurso difundido desde los atriles del Poder Ejecutivo y replicado en redes sociales, el índice de precios al consumidor (IPC) actual no refleja un aumento del costo de vida, sino la "depuración" de una inflación reprimida por el gobierno anterior. Bajo esta premisa, si la leche aumenta un 30%, el boleto de colectivo se cuadruplica y las tarifas de luz se multiplican por tres, no estamos presenciando inflación, sino el "saneamiento del sistema de precios relativos".

Es una pirueta semántica fascinante. Para el binomio Milei-Caputo, la curva de la inflación es un espejismo: la realidad empírica que sufre el bolsillo del ciudadano a pie es secundaria frente a la "inflación reprimida" que, según sus cálculos teóricos, debería haber ocurrido pero no ocurrió. Así, el desplome del poder adquisitivo es bautizado como un "esfuerzo heroico" y el encarecimiento desmedido de la vida cotidiana se transforma en la prueba irrefutable de que el plan económico está funcionando a la perfección.

El problema central de este esquema no es únicamente la brecha entre el relato y la góndola, sino la inviabilidad social de su arquitectura. La estrategia de Caputo se ha apoyado en dos pilares tradicionales de la ortodoxia más severa: un ancla fiscal sostenida sobre el licuamiento de jubilaciones y salarios públicos, y un shock de precios regulados que empuja la canasta básica a niveles inalcanzables. Pretender que la dinámica inflacionaria "ya cedió" en términos teóricos mientras los costos fijos de un hogar promedio devoran más del 70% de un ingreso medio es, en el mejor de los casos, una expresión de deseo; en el peor, una insensibilidad absoluta.

El dogma libertario postula que el mercado corregirá de forma natural los excesos una vez que la demanda caiga lo suficiente. Es decir, que los precios bajarán cuando la gente sencillamente no tenga dinero para comprar. Lo que la dupla presidencial olvida —o decide omitir— es que el consumo masivo no es una variable abstracta en una hoja de Excel. La comida, la medicina y el transporte tienen demanda inelástica: las familias recortan ocio, indumentaria y ahorro, pero terminan endeudándose para comer.

La física económica de Milei y Caputo pretende convencernos de que la gravedad funciona a la inversa. Pero por más retórica que se despliegue en las conferencias de prensa, la realidad conserva sus propias leyes: cuando la factura llega a fin de mes y el sueldo no alcanza, la inflación no está bajando para arriba; simplemente está aplastando hacia abajo a la clase media y a los sectores más vulnerables.

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