A 44 años del Hundimiento del Belgrano: 36 horas a la deriva y la consigna de no dormirse para sobrevivir

A 44 años del Hundimiento del Belgrano: 36 horas a la deriva y la consigna de no dormirse para sobrevivir

A 44 años del ataque inglés fuera de la zona de exclusión, tres rosarinos por nacimiento y adopción relatan su experiencia.

La consigna era no dormirse. Después de sobrevivir, por casualidad u obra del destino, a los dos torpedos lanzados por un submarino inglés contra el Crucero ARA General Belgrano, el objetivo era mantenerse despierto. Con su jarrito para el mate cocido, Miguel Soto sacaba agua helada de la balsa, se movía, charlaba con los compañeros, intercambiaba lugares con uno y con otro, cantaban el himno. Recién 36 horas después los rescatarían.

Soto es oriundo de Casalegno, a 100 kilómetros de Rosario. Empezó el servicio militar obligatorio en agosto de 1981 y poco tiempo después fue asignado al Crucero ARA Belgrano, en la división de electricidad. Navegando o en puerto, vivía arriba del buque. El 16 de abril de 1982, dos semanas después del desembarco argentino en Malvinas, el Belgrano partió a Ushuaia y de ahí hacia el sur de las islas.

“El primero de mayo se producen los primeros ataques de la flota inglesa en Puerto Argentino. Se esperaba un desembarco británico en Malvinas. Estuvimos en la zona de exclusión esperando para hacer una especie de emboscada si eso pasaba. Pero no sucedió, así que salimos del área y nos dirigimos al continente", cuenta el protagonista en diálogo con La Capital.

El ataque al ARA General Belgrano

Pero hacía varios días que un submarino inglés los seguía. Y el 2 de mayo a las 16, a pesar de encontrarse fuera de la zona de exclusión, lanzó dos torpedos contra el buque argentino.

Miguel estaba terminando su guardia y Sergio, que tenía que tomar el relevo, llegó cinco minutos antes. Se había olvidado su jarro para el mate cocido y quería tomar algo caliente antes de arrancar su turno. Los dos se fueron para el comedor, se sentaron y se sintió el primer bombazo.

“Todo el mundo te va a decir que el primer torpedo nos pega en la banda, pero yo digo que el primero nos voló la proa. Yo estaba de guardia en el puente y mi turno terminaba a las 16. Cada uno vivió su propia guerra y yo lo recuerdo así”, cuenta Eduardo Armua, nacido en Tucumán, criado en Rosario y actual vecino de Roldán.

Armua ingresó a la Esma en 1979 y en 1982 era operador de radar. Cuando recuerda lo que vivió el 2 de mayo de 1982, de a ratos se quiebra, de a ratos habla con firmeza. “Éramos tres amigos, carne y uña. Cuando estábamos yendo a las balsas nos dimos cuenta de que faltaba uno. Empezamos a buscar una linterna para bajar a donde estaba el dormitorio. Pero uno de los torpedos había pegado ahí. Había pocas posibilidades de encontrarlo. Un oficial nos preguntó qué estábamos haciendo y le dijimos que íbamos a buscarlo a Fabián. Él nos dijo: si ustedes bajan, no vuelven. Ahí nos dimos cuenta que no podíamos hacer nada”, recuerda.

En otra cama, en un dormitorio lejos del impacto, el rosarino Marcelo Cruz se despertó con el sonido del primer torpedo. “El segundo lo escuché claramente”, rememora. Había ingresado al Belgrano en diciembre de 1980 como una dotación del crucero, relacionado con el arma de artillería. “El buque quedó sin energía. Estaba todo oscuro y mi dormitorio estaba en la tercera cubierta. Cuando logramos salir nos dimos cuenta de que el buque estaba escorado, inclinado hacia un costado”, recuerda.

Las balsas

Los tres sobrevivientes coinciden en que el abandono del buque fue ordenado. Todos sabían cuál era su número de balsa, por dónde tenían que ir y qué debían hacer. Lo habían practicado antes y eso se observó en el momento del desastre.

“Por supuesto no es lo mismo practicarlo que vivirlo”, aclara Soto. El piso de la cubierta estaba lleno de fueloil, donde se había producido el impacto de los torpedos salían nubes negras de humo y los heridos se encontraban chamuscados por el fuego. Uno de ellos era Felipe Gallo, rosarino, que murió horas después por las heridas y fue uno de los pocos cuerpos trasladados al continente, inhumado en el cementerio El Salvador y cuarenta años después homenajeado en el Paseo de los Ilustres junto a otros caídos.

El Belgrano tardó 45 minutos en hundirse desde el ataque y en ese tiempo todos debieron abandonarlo. Algunos, como Soto, tuvieron que saltar desde un estribor que se volvía cada vez más alto por el hundimiento del buque. Después empezó otra odisea: la de soportar el temporal en la noche austral, las olas de siete metros, el agua helada entrando a las balsas.

Al principio, la consigna era que las balsas estuvieran unidas por una soga. Así, si llegaba el rescate, estarían todos juntos. Pero con el oleaje brutal del mar y en pleno temporal algunas balsas quedaban en la cresta y otras hundidas, tensando las cuerdas y poniendo en peligro las embarcaciones. Entonces se decidió cortar amarras y cada uno quedó por su lado, a la deriva.

“La consigna era no dormirse, mantenernos en constante movimiento. Sacábamos agua con los borcegos, con jarros. Yo llegué a la balsa con el jarro de mate cocido. Nos cambiamos de lugar para movernos, cantábamos canciones y el Himno y hablábamos para no dormimos. Uno de los compañeros, que estaba muy quieto, muy callado e inclusive más abrigado que otros, en un momento se murió. Se murió de frío, no estaba herido. Y quedó ahí en la balsa. Después, otro compañero que estaba herido, tenía un golpe en la cabeza, estaba sangrando y poco antes que nos rescaten se murió”, recuerda Soto.

Amanece, que no es poco

El día llegó sin sol pero con un mar más calmo. Sin embargo, no se veía nada. Soto, Armua y Cruz estaban en balsas distintas pero todos recuerdan lo mismo: “No se veía nada, estábamos solos, No había otra balsa cerca”. Y los tres recuerdan el sonido del avión argentino que, con el poco combustible que tenía, sobrevoló al mediodía sobre ellos. No pudieron encender bengalas porque estaban todas mojadas. pero gritaron, hicieron señas, sacudieron los brazos. Y el avión se fue.

“Ahí empezamos a desesperarnos. ¿Nos habrán visto? ¿Qué pasó? ¿Van a volver?”, recuerda Soto. Y volvieron. A las doce de la noche, desde su balsa se empezó a ver una luz a lo lejos, que empezó a volverse cada vez más grande hasta que la tuvo encima. Fueron 36 horas a la deriva y el rescate fue balsa por balsa, persona por persona. “Las balsas que fueron encontradas al otro día no tenían sobrevivientes. No se podía soportar tanto tiempo”, lamenta Miguel.

La vuelta a casa

De una tripulación de 1.093 personas, 323 murieron. Los 770 sobrevivientes fueron llevados a Ushuaia, donde recibieron comida y ropa y de ahí fueron trasladados a Puerto Belgrano. Les dieron licencia y pudieron volver a sus casas por unos días. Después tenían que volver para ser reasignados a nuevos puestos.

"Llegué un viernes a la tarde a Rosario. El colectivo no me dejaba en el pueblo, así que me tuvieron que pasar a buscar. Mi viejo había escuchado en el noticiero un día antes que yo había sobrevivido, cuando dieron las listas de los sobrevivientes por Canal 5. En mi casa estaba mi familia, todos los amigos del pueblo. Estuve dos noches sin dormir porque en mi casa entraba y salía gente continuamente. Por un lado sentía la alegría de volver, de vivir; por otro, el peso de que había dejado compañeros allá", cuenta Soto.

En esos días, Miguel recibió a la familia de un compañero de Sunchales. Querían saber qué había pasado con su hijo. Soto se encerró en su habitaccón; no quería verlos ni decirles nada. Es que una semana antes, después de terminar su guardia, había ido al dormitorio a buscar el jarrito de mate cocido, antes de dirigirse al comedor con Sergio, antes del primer torpedo, antes del desastre. Dejó el salvavidas, agarró el jarro y envidió a Jorge Duks que dormía en su cama hacía varias horas. Una semana después, su familia le preguntaba dónde estaba Jorge, si era verdad que lo habían secuestrado los ingleses o si estaba herido en algún hospital. Pero Miguel sabía que ninguno de los que estaba en ese dormitorio había sobrevivido al ataque. Al final, se animó a decirle la verdad al tío de Jorge, para que la familia empezara el duelo.

Cruz también rememora el regreso. "Estuve unos días acá, una semana. Yo no tomaba conciencia de las cosas. Cuando llegué a mi casa, volví como si fuera un día normal. Me di cuenta de lo que había pasado cuando vi a mis viejos, a mi tío. Todos lloraban. Durante la semana estuvimos en familia, todos venían a saludar. Después nos dieron los nuevos destinos. Me tocó la base de Ushuaia". Marcelo recuerda y se ríe: “Es que nos dijeron que las nuevas asignaciones iban a estar cerca de nuestros domicilios”.

"El 2 de mayo era domingo. Mi papá recién se enteró el jueves de que yo había sobrevivido porque al principio no figuraba en las listas de los sobrevivientes. Así que cuando regresé no fue una gran sorpresa. Mi viejo nunca me preguntó. Ni que pasó, ni cómo fue", dice Eduardo con un tono que combina desconcierto y un poco de tristeza.

Volver al mar

En 1999, un grupo de 200 familiares de caídos en el Belgrano viajaron a la zona del hundimiento. Con ellos iban a ocho exsoldados combatientes. Viajaron en avión hasta Ushuaia y de ahí subieron al ARA Almirante Irizar en dirección al sur de las Malvinas.

Antes de subir al buque pasaron lista. Soto estaba entre los que viajaban y escuchó "Duks". Se acercó a quien había dado el presente y le preguntó si era algo de Jorge Duks. Era el padre. Miguel se presentó, ambos se acordaban del otro. Lloraron y viajaron juntos a la zona del hundimiento. Se enteró de que la madre de su compañero había viajado unos años antes y murió de tristeza poco después.

Padres, madres y hermanos tiraron flores al mar. Los hijos de los caídos, los que eran muy chicos cuando sus padres murieron, tiraron fotografías para que sus papás los conocieran. La escena fue conmovedora y Soto la recuerda bien: "Nos partió el alma. Comprendimos que para muchas familias la vida se les terminó en 1982".

Información de La Capital

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