Eduardo Torinetto y un grupo de expedicionarios recorrieron más de 3.000 kilómetros en homenaje a Martín Miguel de Güemes y explican cómo se sostiene una travesía de larga distancia, tanto en lo físico como en lo logístico.
El 17 de junio de 2025 no empezó en Buenos Aires. Empezó mucho antes, en una madrugada fría del norte, cuando todavía no había público, ni banderas, ni monumentos. Solo caballos ensillados, termos que humeaban y un grupo de hombres que sabía que el viaje no era una línea recta sino una acumulación de días.
Eduardo Torinetto ajusta la cincha con movimientos precisos. No hay apuro. Nunca lo hay en una travesía que va a durar más de cuarenta días. El caballo espera. El cuerpo también.
—Esto se gana descansando —dice.
Tiene 49 años y un objetivo concreto: cumplir 50 arriba del caballo, en movimiento. No es una metáfora. Es un plan.
La travesía: origen y desafíos
El viaje podría leerse como el inicio de una aventura, pero en realidad es una continuidad. Torinetto se crió entre caballos. El padre, el abuelo, el campo. La relación con el animal como parte de la vida cotidiana.
―¿Cómo se vive físicamente el desafío, qué rol juega la experiencia frente al cansancio?
―La idea de encarar viajes largos a caballo, y particularmente con el Peruano de Paso, empezó a tomar forma en 2016, cuando participé en la organización de una travesía en Salta junto a un amigo.
Esa experiencia fue el punto de partida. A partir de ahí surgió la decisión de hacer, en 2021, un recorrido desde Buenos Aires hasta Salta en homenaje a los 200 años del fallecimiento de Martín Miguel de Güemes.
Ese primer viaje fue determinante. Yo tenía experiencia con caballos y con la vida de campo, pero no con distancias tan largas ni con una exigencia sostenida durante tantos días. Fueron 75 jornadas de marcha continua, y ese proceso te ordena.
El viaje y el equipo
Los jinetes Eduardo Torinetto y Gustavo Cabrera integraron, junto a Pablo Cruz y Joaquín —el más joven del grupo—, la travesía ecuestre que unió Salta con Buenos Aires a lo largo de más de 3.000 kilómetros y durante más de 40 días de marcha.
El recorrido siguió una huella asociada a la figura de Martín Miguel de Güemes y conectó distintos puntos señalados en el proceso independentista. La expedición se realizó a caballo —principalmente con ejemplares de la raza Peruano de Paso— y atravesó múltiples provincias, sumando jinetes y apoyos logísticos en cada tramo.
Más allá del homenaje histórico, la experiencia fue una prueba de resistencia física, organización y adaptación, tanto para los jinetes como para los animales, en un contexto de exigencia sostenida y condiciones cambiantes a lo largo del territorio.
El caballo Peruano de Paso y la ruta histórica
La práctica cotidiana de montar genera la soltura necesaria para sostener largas horas a caballo. Durante la travesía, las jornadas se extendían entre doce y catorce horas, lo que implicaba un desgaste físico constante, con dolores en las piernas, la espalda y el peso del sueño acumulado. Con el paso de los días, el cuerpo se adapta a ese ritmo y logra sostener el esfuerzo de manera continua.
En ese tipo de viajes, un mal descanso no es una incomodidad: es un riesgo concreto. La experiencia, en ese punto, actúa como sistema de alerta. Sabe cuándo frenar, cuándo insistir, cuándo protegerse.
—Si descansás mal, bajan las defensas. Y al otro día te puede agarrar cualquier cosa.
No hay margen para improvisar con el cuerpo. El margen está en la adaptación. Con los días, dicen, aparece algo que llaman memoria muscular. El cuerpo recuerda. Y en ese recuerdo encuentra continuidad.
En la mitad del camino, cuando el paisaje cambia de provincia y de ritmo, hay algo que se mantiene constante: el paso del caballo. No es cualquier caballo.
Es el Peruano de Paso. Una raza con más de quinientos años en América. Anterior a la Argentina como Nación. Formada en el contexto del Virreinato del Perú, cuando el norte del actual territorio argentino era parte de esa estructura.
Gustavo Cabrera amplía desde lo histórico y lo práctico:
—Era el caballo del traslado. De unir regiones.
Esa función se transformó, pero no desapareció. En la travesía, el caballo cumple lo mismo que hace siglos: sostiene el movimiento. Ahora hay rutas, autopistas, ciudades que crecieron alrededor de ese recorrido.
—Es el caballo de mejor silla del mundo —dice Cabrera—. Para largas distancias, no hay otro igual.
No lo plantea como competencia, reconoce otras razas y funciones. La comodidad no es un lujo. Es lo que permite seguir. En 2023 y 2024, antes de este viaje mayor, pusieron a prueba esa lógica en trayectos más cortos: Tucumán-Salta, Tucumán-Catamarca. Caballos que viajaban, competían y regresaban. El rendimiento en pista fue una consecuencia. La prueba real estuvo en el camino.
La convivencia y la logística de la expedición
En algún punto del recorrido, el grupo deja de ser el mismo. Se suman y se van personas. Aparecen nombres nuevos, pero hay una constante: el idioma compartido.
—Es gente que habla lo mismo —señala Torinetto.
No se refiere al castellano, sino a códigos, formas y prioridades comunes. La convivencia, en ese contexto, no se negocia demasiado.
—No hay intereses personales —aclara—. El objetivo es el viaje.
Joaquín tiene 20 años y es el más joven. No participó de experiencias anteriores, su presencia introduce una variable generacional importante.
—Para él va a ser una vivencia que no se olvida —dice Cabrera.
El éxito de una travesía de más de 40 días por variadas geografías exigió una logística detallada. Pablo Cruz, policía jubilado de Salta y responsable del apoyo logístico, fue clave en la seguridad y organización: “Su experiencia fue fundamental para planificar cada llegada, identificar lugares seguros y coordinar el suministro de agua y comida tanto para jinetes como para caballos”, afirma Torinetto.
La expedición también reunió una red de apoyo de la comunidad criadora. Amigos criadores y habitantes de pueblos en Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba y Buenos Aires ofrecieron hospedaje, comida y soporte. Beca Canevari y Marcelo Valderrey fueron pilares del éxito. Gladys Yance, presidenta de la filial de la Asociación Peruano de Paso de la Región Buenos Aires, resultó esencial en la organización de la entrada y la recepción en el monumento porteño.
El país de a caballo: las provincias en el recorrido
Hay una escena que se repite a lo largo de las provincias: alguien se acerca, ya sea con agua, comida o simplemente una pregunta.
—Cuando ven un caballo, te abren el corazón —reconoce Cabrera.
El caballo funciona como código de reconocimiento. No importa la provincia. En pueblos, rutas y campos, la reacción es similar: un árbol para descansar, un alero, un espacio. Torinetto lo resume con una frase heredada:
—La Argentina sigue pariendo clavos.
Lo que se manifiesta es una idea de país no mediada por instituciones ni discursos, sino por gestos y prácticas concretas. El viaje conecta puntos geográficos y también formas de relacionarse.
El momento en que no se duda
En más de 3.000 kilómetros, hay cansancio, clima adverso y días largos. Para los protagonistas, lo que no surge es la duda de abandonar. Nunca —dice Cabrera. Lo que sí aparece es otra cosa: la tristeza anticipada.
—Cuando pasa la mitad del viaje, sabés que se termina —explica.
En ese momento, el problema deja de ser el esfuerzo para volverse el tiempo. El viaje se convierte en una rutina: levantarse, ensillar, mate, camino, parar, cambiar caballos, seguir. Durante semanas, esa rutina reemplaza todo lo demás. Y al acercarse el final, surge una sensación diferente.
Homenaje a Güemes y legado federal
La travesía tiene un objetivo simbólico: unir el monumento de Güemes en Salta con el de Buenos Aires. Llegar el 17 de junio. Es una conmemoración: Los 25 años de la declaración de Martín Miguel de Güemes como héroe nacional y la institucionalización de su feriado. Pero el homenaje se vive durante el recorrido.
—Llevar el legado. Es un héroe federal.
Por eso el grupo es diverso: tucumanos, un cordobés, un salteño. La federalización del homenaje se ejerce desde el camino. En ese sentido, la travesía constituye una actualización de la historia y de la manera de vincularse con ella.
La llegada al monumento y cierre de la travesía
El 17 de junio, finalmente, hay público, organización y policía. Una entrada coordinada que contrasta con la escena del inicio, pero mantiene la continuidad: caballos, jinetes, ritmo. Llegan al monumento. El objetivo está cumplido. No hay grandes discursos; hay cansancio y satisfacción. Torinetto cumple 50 años durante el viaje.
—Un regalo —había dicho al inicio.
Después del viaje, quedan varias cosas. Una es concreta: la demostración funcional del caballo Peruano de Paso en largas distancias. Otra, menos tangible, es la red de personas que sostuvieron el recorrido. Y otra, más difícil de medir, es el efecto en quienes participaron.
—Animarse —dice Torinetto al mencionar el mensaje. El momento es cuando aparece la idea. Hay también una dimensión espiritual vinculada a la fe y la confianza en la Virgen.
Cabrera retoma:
—Disfrutar cada momento.
—El caballo es más que la pista —asegura Torinetto.
En un país donde las distancias suelen medirse en horas de auto o avión, hay otra escala posible. Más lenta, exigente y dependiente del cuerpo y del entorno, pero también más directa. El caballo, en ese contexto, es una herramienta vigente. Una forma de recorrer. Una forma de mirar. Y, en este caso, una forma de llegar.

