Iruya entre dos realidades: cae el turismo y la comunidad de Colanzulí se refugia en el cultivo de papines

Iruya entre dos realidades: cae el turismo y la comunidad de Colanzulí se refugia en el cultivo de papines

Iruya, uno de los “lugares más hermosos del mundo”, sufre el desplome de visitantes. La comunidad indígena Kolla de Colanzulí encuentra en los papines una alternativa. 

EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí.

El viaje desde el pueblo de Iruya, en Salta, a la Provincia Buenos Aires, puede durar días. “El camión con los productos frescos tarda de 24 a 35 horas en llegar”, explica Raúl Viveros, integrante de la comunidad Kolla Colanzulí de Finca Santiago. Ese es el esfuerzo que requiere que en el mayor mercado de Argentina se puedan consumir tubérculos andinos de un sabor incomparable y comercializados por el primer pueblo originario reconocido por el Estado.

A finales de septiembre, Viveros acaba de volver de Buenos Aires. Descendió desde las montañas salteñas con el objetivo de seguir expandiendo el mercado y conseguir financiamiento para los productos orgánicos. Apunta al Mercado Central de Buenos Aires, el principal centro de distribución de frutas y hortalizas del país.

“El año pasado comercializamos cerca de 30 toneladas de papines y otros tubérculos andinos. Esperamos ampliar la cantidad a 40 toneladas para el año siguiente”, explica en una conversación telefónica desde el pueblo de Nazareno. Al comerlos, afirma, estás ayudando a los productores que protegen y resguardan el valor “simbólico, histórico y cultural” de los alimentos.

De formas caprichosas y colores vivos, los tubérculos andinos —tallos subterráneos de diversas familias botánicas que incluyen a la papa, la oca y la papalisa— entran en la palma de una mano y destacan por su sabor terroso con tintes dulces. Eran fundamentales para la alimentación incaica y al día de hoy subsisten más de 4.000 variedades.

El camión llega de madrugada y es recibido por Alta Red. “Nucleamos a pequeños y medianos agricultores de fruta y verdura en 19 provincias. Son productores agroecológicos y orgánicos a los que también asesoramos en temas como el empaque, el traslado o la transición a métodos más sustentables”, agrega Leidy Ortiz, desde un galpón del Mercado Central, en medio de una mañana lluviosa. Es la presidenta de la primera Federación de Cooperativas Comercializadoras Solidarias de Argentina, fundada hace una década.

“Iruya es el lugar más remoto desde donde nos llega mercadería y desde acá lo distribuimos a otras provincias y a 60 comercializadoras de Buenos Aires”, enfatiza Ortiz. Según sus cálculos reciben de La Colanzuleña (nombre del emprendimiento salteño) alrededor de cuatro toneladas al mes y cualquier consumidor puede acercarse a comprar sus papines andinos por $4530 el kilo (50 céntimos de euro).

La Comunidad Kolla de Finca Santiago se ubica en el departamento de Iruya y se extiende hasta el de Orán, en un territorio de 125.459 hectáreas, —equivalente a dos veces la ciudad de Madrid— y está compuesta por cuatro comunidades o ayllus: Volcán Higueras, Isla de Cañas, Río Cortaderas y Colanzulí. Esta última es lindera al pueblo de Iruya y se ubica en la región de la prepuna. Cuenta con alturas que superan los 3.800 metros sobre el nivel del mar y un clima seco donde prevalecen los vientos fuertes y el sol.

El pueblo de Iruya, a su vez, es una de las joyas del turismo argentino. Ubicada en la provincia de Salta, a 1.500 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, está en la ladera de una montaña y cuenta con apenas 2.000 habitantes. La distancia de otros centros urbanos, que implica un viaje por caminos de cornisa de tres horas, la vuelven prácticamente aislada, y configura gran parte del encanto que cautiva a sus visitantes y la hacen figurar con frecuencia en los rankings de los pueblos más “hermosos del mundo”.

Un pueblo con una historia

El origen del poblado de Iruya se remonta al Imperio Inca. Este ‘valle’ tuvo, como otros de la frontera oriental del Tawantinsuyu, una configuración multiétnica. Todas ellas pasaron a conocerse como kollas, que significa sur. Hasta principios de los 2000 no llegaban turistas. Pero pronto, los campesinos dejaron el campo para atender a los miles de visitantes. Andres Gallardo lo rememora: “Hoy es la base de nuestra economía. Si afloja el turismo, afloja todo”. Y resume: “Los últimos dos o tres años no vino casi nadie”.

Unos 20 kilómetros antes de llegar a Iruya se encuentra Colanzulí. La comunidad está compuesta por un puñado de viviendas esparcidas a grandes distancias, bajo esplendorosos cielos azules, que Marina Weinberg conoce muy bien. La antropóloga argentina, actualmente radicada en Chile, realizó sus tesis de grado, maestría y doctorado sobre la conformación de Finca Santiago y pasó los primeros años del siglo en la comunidad.

“Colanzulí es la más antigua de los cuatro ayllus, la encontré en censos de 1869. Las otras no figuraban”. También conoce desde hace tiempo a Raúl Viveros y al incansable traqueteo que hacen los camiones que transitan los caminos de ripio para comercializar tubérculos de un sabor diferencial: “Es un antecedente de lo que está pasando ahora, en el 2003 ya vendían en los mercados locales de Iruya y de Humahuaca”, recuerda en una videollamada.

En relación al reconocimiento estatal y la devolución de las tierras a comunidades indígenas, Weinberg analiza que: “En los noventa hubo un resurgimiento de la identidad originaria con constituciones en muchos países de América Latina que admitieron su preexistencia”. Fue en este contexto que la reforma constitucional de 1994 reconoció a estos pueblos nativos y abrió paso a la expropiación de la Finca Santiago, que se concretó tres años más tarde. El paso final fue la inscripción de la primera personería jurídica para una comunidad así en el país: la Comunidad Índigena del pueblo Kolla de Finca Santiago, previa presentación de su propio Estatuto General, que rige sobre las cuatro comunidades que la conforman.

En 2021 Colanzulí logró la habilitación del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria, lo que les permitió operar de manera legal con los grandes centros urbanos de Mendoza, Córdoba, Rosario o Buenos Aires.

A su vez, la creación de un reciente deshidratador les permitirá vender los productos secos. “Por el cambio climático, hay algunos productos que no llegan a madurar en su totalidad o tienen alguna deformación que impide su comercialización. De este modo evitamos el desperdicio”, explica Viveros, entusiasmado con nuevas formas de producción que permitirán aprovechar hasta un 90% de la cosecha.

En relación al reconocimiento estatal y la devolución de las tierras a comunidades indígenas, Weinberg analiza que: “En los noventa hubo un resurgimiento de la identidad originaria con constituciones en muchos países de América Latina que admitieron su preexistencia”. Fue en este contexto que la reforma constitucional de 1994 reconoció a estos pueblos nativos y abrió paso a la expropiación de la Finca Santiago, que se concretó tres años más tarde. El paso final fue la inscripción de la primera personería jurídica para una comunidad así en el país: la Comunidad Índigena del pueblo Kolla de Finca Santiago, previa presentación de su propio Estatuto General, que rige sobre las cuatro comunidades que la conforman.

En 2021 Colanzulí logró la habilitación del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria, lo que les permitió operar de manera legal con los grandes centros urbanos de Mendoza, Córdoba, Rosario o Buenos Aires.

A su vez, la creación de un reciente deshidratador les permitirá vender los productos secos. “Por el cambio climático, hay algunos productos que no llegan a madurar en su totalidad o tienen alguna deformación que impide su comercialización. De este modo evitamos el desperdicio”, explica Viveros, entusiasmado con nuevas formas de producción que permitirán aprovechar hasta un 90% de la cosecha.

El dilema turístico

La cantidad de visitantes a la provincia descendió de 755.198 en el verano de 2024 a 651.184 en el de 2026, una caída de casi el 14%. Si bien Viveros y el propio gobernador de la provincia también reconocen una fuerte caída en la actividad turística, creen que lo que está en declive es el turismo convencional, aquel que se conforma con visitar únicamente el pueblo de Iruya. “El turista quiere conocer las montañas, hacer caminatas, estar vinculado con lo agrícola, por eso nosotros ofrecemos la ruta de los papines andinos. Con el ingreso de visitantes, podemos sostener la parte del emprendimiento agrícola”, explica el coordinador del Consejo Kolla de Colanzulí.

La actual crisis turística va a contracorriente del aumento sostenido de las últimas décadas, conforme la Quebrada fue nombrada Patrimonio de la Humanidad en el 2003 por la Unesco. El arribo de turistas entre 1994 y 2006 creció más de 15 veces, de 7.000 personas a 110.000. Este incremento en las visitas y en los días de permanencia se acompañó de un aumento y diversificación de la oferta en la Quebrada de Humahuaca (ubicada en la provincia de Jujuy, de paso obligatorio para llegar). “Iruya es una de sus localidades más dinámicas de este sector, su crecimiento obligó a multiplicar el servicio de transporte desde Humahuaca para acceder por cuenta propia a la localidad”, explica Claudia Troncoso, doctora en Geografía por la Universidad de Buenos Aires mediante un correo electrónico.

Las distancias se acortan. Los días de viaje que separan la alta montaña salteña de la planicie bonaerense se articulan a través de estos tubérculos ancestrales. Desde la región andina encuentran su vía de acceso al mercado masivo gracias al trabajo entre la comunidad indígena más antigua de Argentina y su primera red de comercialización agroecológica. Ambas logran algo impensable mediante una pequeña hazaña productiva: hacer realidad el sueño de disfrutar de un sabroso alimento milenario que, de otra forma, habría quedado en el olvido.

 
Free Joomla! templates by CEGdesign